Siempre hay un sitio de la casa que, en septiembre, se ve de golpe. El recibidor cuando las maletas ya subieron. El rincón junto al sofá, cuando el sol deja de llegar tan tarde. En verano aquel vacío no molestaba: las puertas estaban abiertas, había gente, había luz hasta las nueve. En septiembre la casa vuelve a ser solo la casa — y el rincón pide peso.
No es el mes del turquesa, que aún huele a vacaciones, ni del
dorado, que todavía no es Navidad. Es el mes de la piedra. De una pieza de
suelo que no necesita flores para existir.
El jarrón de setenta centímetros en terracota esmaltada, en ese
tono granito castaño, no se disfraza de florero. Funciona vacío. La superficie
mineral baja la mirada, como una piedra dejada en el sitio justo: poco, y por
eso basta. Queda bien con madera oscura, con lino, con una pared que ya se
cansó de parecer de verano.
Jarrón de suelo
70 cm en terracota esmaltada, tono granito — hecho en Barcelos.
Setenta centímetros piden aire. No contra la cortina, no detrás
de la lámpara. Un palmo alrededor basta para que la pieza se lea. Si quiere
altura, una rama seca o tres — olivo, eucalipto — nunca un haz que tape el
esmalte. Luz de lámpara, cálida. La luz blanca del techo apaga la terracota y
deja el granito como si fuera plástico.
Es una pieza de temporada larga. Seguirá siendo justa en enero.
Por eso no se viste de mes: el jarrón se queda; lo que cambia, si cambia, son
las ramas. En el norte de Portugal se moldean a mano, con esas pequeñas
diferencias de tono que el ojo agradece cuando se vive con la pieza todos los
días.
Si el rincón sigue vacío, quizá no falte una estantería. Quizá
falte solo esto.
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· Jarras de mesa
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Palabras clave: jarrón de suelo, terracota esmaltada, cerámica portuguesa, decoración de septiembre, jarrón granito, Barcelos




